DOMINGO 31 DE JULIO

Padre Mariano Cinquemani

Lecturas: Ecl 1,2; 2, 21-23; Sal 89, 3-6. 12-14. 17; Col 3, 1-5. 9-11; Lc 12, 13-21.

Seguramente todavía resuenan en nuestros oídos esas palabras de Jesús: “Marta, Marta, te afanas e inquietas por tantas cosas y, sin embargo, María ha elegido la parte mejor”, No olvidemos que Jesús nos lo ha recordado, existe lo bueno y existe lo mejor. Los cristianos no podemos quedarnos solamente con lo bueno, estamos hechos para lo mejor. Todos somos creados buenos porque Dios nos crea, para ser buenos basta ser humanos; para ser mejores necesitamos a Dios. Por eso, todo bautizado no puede conformarse con ser bueno, todo bautizado no puede conformarse con no hacer el mal y sólo hacer el bien. Todo bautizado está llamado a ser mejor, y eso es lo que tenemos que entender, porque el bautizado lleva a Dios en su corazón, y no sólo nos hace buenos, nos hace mejores. Por eso María ha elegido la parte mejor, que es aquella que nos recuerda que no sólo hemos venido a vivir una vida material, sino sobre todo una vida espiritual, y tenemos que hacer crecer esa vida interior.

Hoy Jesús vuelve a iluminar una idea equivocada de sus discípulos, que quieren un reino material, quieren un Dios que les solucione los problemas, quieren un Dios para vivir una vida más tranquila y más feliz. Jesús era Dios y no le fue fácil vivir la vida en este mundo. Por eso hoy Jesús quiere iluminar a sus discípulos y recordarles que la mejor parte es la que pasa por el corazón. Si vamos a hacer una diferencia, pasará por lo que es mejor, y eso nos lo ha legado el Bautismo, y lo tenemos que hacer crecer. Ni bien las autoridades empezaron a perseguir a Jesús, ni bien las multitudes empezaron a abandonar a Jesús, los discípulos se la vieron complicada. “Hemos dejado las redes, hemos dejado la familia, hemos dejado la empresa, y hemos perdido el tiempo. ¿Quién va a quedar al lado de este hombre que nos prometía un reino?” Fíjense que rápidamente Jesús también dejó de hacer milagros, porque no quería que lo asociaran simplemente a sus milagros, y después predicó al núcleo más íntimo, dejó de hacerlo a las multitudes. No quería esa fama, y no quería que malentendiéramos a Dios. “Marta, Marta…”. No la castiga, no la reta, la llama a una vocación mayor. “Marta, Marta…”. Es el llamado a vivir del interior. Lo que ella hacía era bueno: era servicial, era hospitalaria, pero tenía que ser como María, surgir del corazón. El domingo pasado los discípulos preguntaban a Jesús: “¿Y cómo tenemos que orar?” Jesús les recuerda que la oración, a partir de que Él ha venido a nosotros, es hacerse presente a una presencia. Eso es rezar: hacerse presente a alguien, que está delante nuestro, presente. De dos modos, lo recuerda Jesús: Primero, a través de su Palabra. Hacerse presente a la Palabra de Dios es estar frente a Dios que nos dirige su Palabra. Y segundo, la Parábola del buen samaritano: hacerse presente ante el hermano que sufre, es estar presente ante Dios, que se hace presente a nuestra presencia. El que quiere rezar, tiene que utilizar estos dos elementos: la Palabra de Dios y el hermano que sufre. Esa es la verdadera oración. Por eso Jesús les recordaba a los discípulos: “Dios siempre está a la puerta y está llamando”.

Hoy –dice el texto- aparece de noche a llamar a alguien, a alguien que tiene riquezas.  Aparece Dios y ¿qué le recuerda a este hombre? Que se le terminó el tiempo de amar. La muerte es esto. Si por algo tememos a la muerte, no es porque se termina la vida, o porque no sabemos qué pasa después, sino porque la muerte constata que se nos terminó el tiempo que tenemos de amar. Nosotros hemos nacido para amar, por eso la muerte es tan difícil, por eso la muerte es tan trágica, y en el momento mismo de la muerte, Dios hace una sola pregunta: ¿Qué hicimos con el amor que nos regaló? Mientras dura esta vida, Dios no castiga, como a Marta, Dios no prueba, siempre ama para llevarnos a una vocación mejor. Por eso Dios lo único que pregunta es qué hicimos con el amor. Mientras dura nuestra vida Dios regala misericordia, sobre el justo o el injusto, sobre el judío o el pagano, a todos Dios nos ama igual. Por eso el momento del juicio es el momento de la muerte, y ahí sí, no pasa nada al cielo que no sea del amor de Dios. Por eso el juicio no se da en esta vida. En el momento mismo en que cerramos los ojos, la pregunta es qué hicimos con el amor que Dios nos regaló. De eso se trata la vida: de amar bien y de amar siempre mejor. Es lo único que Dios está haciendo siempre por nosotros, con todos, de un modo indistinto. Por eso, rezar no es simplemente hacer un monólogo, como hace este hombre, que está seguro por lo que ha conseguido. Jesús nos recordó que está a la puerta y llama, si le abrimos y lo dejamos entrar, cenaremos juntos. La oración no es alguien que ruega a alguien que se hace rogar, sino dos amigos que saben cenar juntos. ¿Cuál es el problema de este hombre? El monólogo. Cree que ese monólogo es oración (“He conseguido esto…Demoleré los graneros…Disfrutaré la vida…”). Y cuando uno habla consigo mismo ya no es amigo de Dios; cuando uno ya no es amigo de Dios, tiene que poner en el lugar de Dios muchas cosas. ¿Y qué puso este hombre? La riqueza.

Cuidado cuando rezamos y pedimos, pedimos… porque muchas veces no hablamos con Dios, hablamos con lo que pedimos, con la riqueza que queremos. Porque si es un monólogo, nunca es oración. Por eso, noten que Jesús no critica la riqueza de este hombre, sino que critica la insensatez de este hombre. El problema no está en la riqueza, porque si la riqueza va unida a la caridad, no hay ningún problema. Cuando uno llegue al cielo, Dios no nos va a premiar por los títulos, por los posgrados, por los desvelos, por los sacrificios, sino por el amor que invertimos. Si hemos sido ricos y hemos tenido caridad, no habrá ningún problema. El problema es la insensatez, querer lo que tenemos sólo para nosotros, para vivir en este mundo. Hoy el Evangelio nos recuerda que a todos Dios nos da talentos: uno, dos, tres…y ese talento es la riqueza y Dios quiere que ese talento lo convirtamos en una riqueza. Dios no tiene problema con la riqueza, siempre que sea compartida; no tiene ningún problema con los que tienen más, siempre que no se olviden de los que tienen menos. Dios a todos nos dio un talento para que lo hagamos una riqueza, el problema es cuando a esa riqueza le entregamos el corazón, porque seguramente nos olvidamos de Dios y también del prójimo. Y allí está el pecado, no en la riqueza. ¿Y cuándo sabemos que estamos más atentos a la riqueza que Dios nos ha dado, que de Dios y del prójimo? Cuando no podemos dormir. Cuando no podemos dormir por la ansiedad de lo que no tenemos, cuando no podemos dormir por la angustia de perder lo que hemos conseguido en la vida. Cuando no dormimos por la ansiedad y la angustia, no estamos yendo hacia donde Dios nos está pidiendo, porque nuestra seguridad está en la riqueza, en el talento, en lo que queremos construir, y no en Dios. Y no estoy hablando de la sana preocupación por vivir en este mundo, porque Jesús no nos dice que nos desentendamos, que del cielo va a caer todo. No. Se los dejó claro, y el Eclesiastés lo dice muy claro: “¡Qué injusto es que los que no hacen nada, vivan de los que trabajan y sostienen!” Por eso hoy Jesús vuelve a insistir: “¡Cuidado con esa angustia que mata, cuidado con esa ansiedad que asfixia, porque no viene de Dios!”  Jesús les advierte a sus discípulos: “Los elegí sin nada, mantengan el corazón unido a mí y no busquen una riqueza que es de este mundo”. Eso es lo que querían los discípulos: una vida fácil, llena de milagros, sin problemas. Cualquiera quiere ese reino, pero para llegar a ese reino hay que transpirar la camiseta, y solamente lo veremos cuando lleguemos definitivamente a Dios.

Jesús nos recuerda a nosotros que la fe es la verdadera riqueza, y la fe es confiar en alguien, como en la oración, hacerse presente a la presencia de Dios. Y cuando uno confía en Dios se afianza, y no hay mayor riqueza que saber quién es uno y lograr su mejor versión. Para eso ha venido Cristo, para que cada uno desarrolle su vida y multiplique su riqueza como persona. Cuando uno se afianza surge la confidencia con Dios. Y eso es la oración: la confidencia entre dos amigos que comparten la vida. Y cuando hay confidencia hay fidelidad, y nunca abandonamos a Dios por la riqueza. Jesús nos recuerda que no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita en esta vida; no es más rico el que más tiene, sino el que consigue lo que tiene amando lo que hace, porque eso hizo Cristo, amar lo que le tocaba vivir, y esa es su mayor riqueza.

Hoy Jesús nos vuelve a recordar que quien encuentra a Cristo, verdaderamente sabe cómo ordenar todo lo demás: bienes, trabajo, afectos. Ese es el camino al que Dios nos invita, a no querer buscar la seguridad en lo que no es Dios, y amándolo primero, amemos todo lo demás. No se trata de renunciar, no se trata de no tener, no se trata de sacrificarse, se trata de amar. Es rico el que ama lo que hace, y si lo que hace le cuesta, hagámoslo por amor a Dios, porque eso nunca quedará sin recompensa.