DOMINGO 28 DE NOVIEMBRE

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Padre Mariano Cinquemani

Lecturas: Jer 33, 14-16; SaL 24, 4-5. 8-10. 14; 1 Tes 3, 12-4, 2; Lc 21, 25-28. 34-36.

 

Ya lo decíamos el domingo pasado. Con la fiesta de Cristo Rey terminamos un año litúrgico y comenzamos, con el primer domingo de Adviento, un nuevo año. ¿Por qué la Iglesia nos invita a celebrar el fin de un año y el comienzo de otro? De hecho, también lo hacemos en el ámbito cívico. Celebramos el fin de un año y el paso a un año nuevo porque es una ley de la vida tener que nacer de lo que dejamos. Pasamos a la adolescencia porque dejamos la infancia, pasamos a la juventud porque dejamos la adolescencia, pasamos al mundo adulto porque dejamos la juventud, pasamos a la Vida Eterna porque tenemos que morir. Es una ley de la vida ir naciendo de lo que vamos dejando. Por eso todos los años recordamos que un año termina y otro comienza. Por un lado, el que termina nos ha hecho madurar, y el que comienza nos anima a la novedad, a la esperanza, a ser creativos, a generar algo distinto. Así el corazón no cae en la rutina, no cae en la costumbre, sino que mantiene lo que hoy nos pide Cristo: la fidelidad. La fidelidad no es solamente soportar, aguantar. La fidelidad es recrear todos los días ese “sí” que un día le dimos a Dios. Y, en nombre de Dios, cada vez que hemos dicho “sí” a alguien, debemos nosotros renovarlo. Eso es la fidelidad.

Podríamos preguntarnos: ¿Por qué si estamos empezando un año el Evangelio habla del fin del mundo? ¿Por qué si este comienzo de año es para preparar la Navidad que nos trae confianza, que nos trae alegría, tenemos un texto que parece ser de terror? Tenemos que interpretar bien las cosas. A veces, cuando uno prepara una caminata, un viaje, una carrera, debemos divisar el fin, para que el punto de partida nos indique el rumbo más acertado para poder llegar mejor a la meta. Por eso cuando comienza el Año Litúrgico, ponemos siempre adonde termina la historia, para que todo este año se direccione hacia ese fin que nos espera a todos. Al comienzo hablamos del fin para trazar mejor el camino, para no perdernos en lo que nos lleva definitivamente a Dios. ¿Y por qué, si la Navidad es tiempo de confianza y alegría, el texto parece ser una catástrofe? Muchas veces también hemos empleado imágenes como esta: “Uy, pobre persona, está como ahogada en un mar de lágrimas” o “Miren qué lindo, está como tocando el cielo con las manos”. Sabemos que nadie se ahoga en un mar de lágrimas, pero es una imagen que todos entendemos, dimensionamos cuánta tristeza vive esa persona. Sabemos que nadie toca el cielo con las manos, pero sabemos que esa imagen nos dice cuánta satisfacción tiene ese corazón. Este texto que nos habla de todo esto que parece derrumbarse, que se sale de su cauce, que excede las leyes de la naturaleza, nos está diciendo que lo que nos espera al fin es algo sin medida, que no lo podemos imaginar.

Pero si vemos a Cristo sabemos que sólo quiere la salvación y no la destrucción, con esta imagen el Evangelista nos está diciendo que todo lo que conocemos se transformará de un modo tan radiante, tan espléndido, tan maravilloso, que no lo podemos imaginar. Pero no nace lo nuevo si no muere lo viejo. Por eso en la Biblia nunca está la idea de que el mundo va a ser destruido, sino siempre que va a ser salvado por Dios, y la salvación de Dios siempre trae paz, siempre trae armonía, siempre trae alegría. Por eso estos textos no nos tienen que llenar de miedo, no podemos vivir una religión temiendo las llamas del infierno, cuando Dios nunca dice del infierno, sólo que nos espera el cielo. Sólo queda fuera del cielo el que no quiere entrar, el que no supo trazar el rumbo para poder llegar al final. Por eso meditamos estos textos, que en pocas palabras nos piden oración y perseverancia, o lo que es lo mismo, que renovemos nuestra fidelidad.

Los domingos de Adviento nos piden renovar nuestra fidelidad. ¡Qué difícil es ser fieles en todo tiempo de la historia! Pero hoy la fidelidad vive como a la intemperie de la sociedad. ¡Qué difícil es ser fieles en el noviazgo! ¡Qué difícil es ser fieles en la vida matrimonial! ¡Qué difícil es ser fieles en la vida de familia y en todos los compromisos que asumimos! Digamos que no es la virtud que está más de moda, y, sin embargo, Jesús vuelve a decirnos todos los años, en el Adviento, que renovemos la fidelidad porque es lo que renueva el corazón de cada uno de nosotros.

Dejemos claro que sólo se es fiel a una persona o a las personas. Por extensión, decimos ser fieles al trabajo, al perro, a un hobby. Sólo se puede ser fiel a una persona, porque ¿qué es la fidelidad, según la Biblia? Poner la fe en otra persona. Eso es confianza. La palabra confianza viene de la palabra fe. Cuando yo salgo de mí mismo y confío en otro, ahí comienza el proceso de la fidelidad. Y cuando uno confía en otro, se afianza a sí mismo. Nadie existe en este mundo por sí solo. Hemos ido logrando lo que somos, vamos madurando y vamos afianzando   nuestro ser, si confiamos en otro: en papá, en mamá, en la maestra, en los catequistas…Siempre esa salida trae algo para el corazón. Confío, me afianzo. En esa relación de confianza, de afianzarse a uno mismo, siempre está la confidencia. ¿Qué es la confidencia sino la oración? Porque para confiar hay que decir, para afianzarse hay que recibir el consejo, y en esa relación amorosa, de ida y vuelta, de amistad, de compartir, de intimar, vamos generando la confidencia. Cuando la confidencia se mantiene en el tiempo, ahí aparece la fidelidad. La fidelidad está hecha de confianza, de afianzarse y de confidencia. Por eso, la fidelidad que Cristo pide no es cualquier cosa. Pide que confiemos en su Palabra porque eso nos afianza, inclusive en la adversidad. ¿Y cómo mantenemos la confianza con Dios? A través de la vigilancia y de la oración. Eso es la confidencia.

¿Qué nos pide Cristo? Perseveren este año en esto y caminarán hacia la felicidad eterna, hacia la alegría que no tiene fin. La fidelidad siempre tiene un movimiento hacia afuera y un movimiento hacia adentro. Hacia afuera, apostamos para poder construir la fidelidad y esto requiere un montón de virtudes: ser sincero, ser honesto, compartir lo que pasa en el corazón. Pero no solamente apostamos, esperamos que el otro también sea fiel. Por eso confiamos, nos escuchamos, damos otra posibilidad. Pero también la fidelidad exige perseverancia, mantenerse en el tiempo, y constancia, saber mantenerse en la adversidad. Seguramente están pensando: “¡Qué difícil es ser fiel!” Y, seguramente es difícil ser fiel, porque hay que sacar lo mejor de uno mismo, porque hay que tener una mirada misericordiosa, como Dios tiene, sobre todo sobre las heridas, sobre los dolores que nos causan aquellos que no saben ser fieles a nosotros. Podríamos preguntarnos: ¿Qué no es la fidelidad? ¿A qué llamamos fidelidad que realmente no lo es? Primero, cuando no queremos renunciar a una situación por defraudarnos a nosotros mismos, y creemos que por eso somos fieles a nosotros mismos. Eso se llama orgullo, no fidelidad. Cuando uno no se quiere defraudar a sí mismo y se mantiene en una situación que tendría que cambiar, eso se llama orgullo. Cuando uno se “mantiene fiel”, por así decir, a sus ideas, a sus ideologías, y no es capaz de escuchar al otro, de entender que quizás hay que cambiarlas, eso se llama fanatismo, no fidelidad. Cuando yo sólo pienso como yo pienso y no me abro a pensar como los demás me invitan a hacerlo, se llama fanatismo, no fidelidad. Y cuando muchas cosas en la vida simplemente las aguanto, las soporto, las arrastro, eso se llama rutina, no fidelidad. “Y bueno… pero si ya no va a cambiar”, “y bueno… pero si soy así”. Eso es rutina, no fidelidad. No confundamos la fidelidad con el orgullo, con el fanatismo y con la rutina, porque la fidelidad es positiva, ensancha el corazón, nos hace amar mejor. ¿Qué dice la fidelidad a la rutina? Hoy es fácil escuchar decir: “pero es re-aburrido ser fieles”. No, no, no, no. Ser fieles es ser creativos, es crear el amor todos los días, y de nuevo, no cansarse de soñar. La fidelidad es creativa y no rutinaria. La fidelidad es realista, sabe que hay heridas, pero hay que sanarlas para poder volver a volar, no se aferra a la idea de perfección -tiene que ser como yo quiero- eso no es fidelidad, eso es fanatismo. La fidelidad no va con el orgullo, porque la fidelidad, sobre todo, es salir de sí para dar al otro, y para darse a sí mismo, libertad. “Ay, Padre, pero ser fiel es ser esclavo”. No, no es ser esclavo, es ser libre, porque es entregar el corazón para que el corazón se ensanche. A lo que llamamos fidelidad como orgullo, hay que ponerle creatividad; a lo que llamamos fidelidad como fanatismo, hay que ponerle la posibilidad de equivocarse y perdonar; a lo que llamamos fidelidad como orgullo, que en definitiva es esclavitud, hay que ponerle libertad.

El que confía se afianza creando confidencia. Si lo mantenemos en el tiempo, somos libres. Hoy Jesús nos pide una tarea nada fácil, pero nunca pide nada que no ponga primero en el corazón. Dios siempre es fiel a nosotros, y siempre nos está dando una oportunidad. Eso es el Adviento. Porque pone su fe en nosotros nos afianza y nos invita a la confidencia.  ¡Qué bueno si nosotros hacemos lo mismo con nuestros hijos, con nuestra esposa, con nuestro esposo, con la familia y con la sociedad! Crear confianza, crear vínculos sinceros, ser creativos desde el amor de Dios. El Adviento nos ofrecerá la figura de María, de José, del Bautista y de tantos que tuvieron que cambiar su proyecto para ser fieles a Dios. De eso se trata. ¿Dónde empieza la fidelidad? Guardando la Palabra de Dios en el corazón, y cuando uno guarda la Palabra de Dios en el corazón, entonces está dispuesto a cumplir su voluntad, y si cumple su voluntad, seguramente terminará sirviendo y amando a sus hermanos.

El domingo pasado celebramos a Cristo Rey. ¿Dónde crece el Reino de Dios? Donde hay servicio y amor. ¿Dónde hay salvación? Donde hay servicio y amor. ¿Qué nos pide Dios en este tiempo de Adviento? Que nos mantengamos fieles a Jesucristo, que nos ha mostrado el servicio y el amor. El Adviento es un tiempo para trabajar, no para quedarse sentados esperando que Cristo nazca.  Así como muchas veces vamos a decir en la Liturgia “Ven, Señor Jesús”, nosotros tenemos que decir con la vida “Voy, Señor Jesús”.