DOMINGO SEXTO DE PASCUA

SANTA RITA DE CASCIA (RELIGIOSA)

Padre Mariano Cinquemani

 

Lecturas: Hech 15, 1-2. 22-29; Sal 66, 2-3. 5-6. 8; Apoc 21, 10-14. 22-23; Jn 14, 23-29.

 

Hemos escuchado en la oración colecta de la misa, que mientras celebramos este tiempo pascual, no perdamos el fervor. Es cierto, que a medida que va pasando la Semana Santa, nos va quedando simplemente como un recuerdo y no como un memorial. Un recuerdo se puede olvidar, un memorial mantiene viva la memoria. La celebración anual de la Pascua es para esto, no para recordar lo que hizo Jesús, sino para mantener viva la memoria. Por eso, ya pasadas varias semanas, estamos celebrando el sexto domingo de Pascua. La intención es ésta: mantener nuestros brazos arriba, mantener nuestra fe, sostener la alegría de la Pascua.

Los primeros domingos veíamos a Jesús resucitado para confiar que es el mismo que nos acompañó en la Historia. Allí está, con sus heridas, con sus llagas, pero ahora lleno de luz, como dice la segunda lectura. Ese Jesús resucitado poco a poco no lo vamos viendo más, pero nos recuerda aquello que a nosotros nos hace realmente discípulos. Una vez que desaparecen las apariciones, Jesús dice: “Recuerden, todo cristiano debe ser noble, leal, como el Buen Pastor, como el Pastor Bello”. ¿Y cómo hacemos para ser nobles y leales como cristianos? El domingo pasado escuchábamos el único mandamiento que Jesús nos da: “Amen como yo los he amado”. Obviamente que, si hemos seguido el hilo conductor, hoy nos preguntaremos: ¿Y cómo podemos amar como Cristo ha amado? Lo dice el Evangelio de este domingo: no hace falta tocar y ver a Jesús, hay que ser nobles y leales, para eso hay que amar como Él. ¿Y cómo amamos como Él? Hoy lo dice Jesús: “Con el Espíritu que yo les voy a dar”. Eso es el tiempo pascual. Eso ha ido haciendo Jesús y seguirá haciendo durante todo este año. Por eso este Evangelio es sumamente importante. Cuando uno lo escucha, se respira en él ese aire a despedida. Justamente Jesús proclama esto en el momento antes de entregar su vida por amor a nosotros. Y en este contexto de despedida, ¿qué hace Jesús? Anuncia, revela, proclama, que habrá una nueva presencia de Él entre nosotros. ¿Y ahora esa presencia de Jesús dónde estará? Estará en la comunidad y en cada uno de los miembros que formamos la comunidad de Cristo.

Acá Jesús nos regala dos cosas: la primera es una imagen nueva de Dios; la segunda es un nuevo modo de relacionarse con Dios. Este capítulo es fundamental porque ha roto toda la historia de las tradiciones religiosas. No sólo cambió la forma de ver al Dios de Israel, sino que cambió todas las divinidades que el mundo conocía hasta el momento en que conocimos a Jesús, y el modo de relacionarnos con Él. Si nosotros miramos el Antiguo Testamento, aparece un Dios que es exterior al hombre, y que muchas veces por eso se convierte en un Dios lejano. Un Dios con el que se podía relacionar a través del templo, y a través de los sacrificios y de la Ley. Había que ir al templo, había que revestirse de la Ley para obtener el favor de Dios. Casi como que el hombre tenía que olvidarse de sí para entrar al mundo de Dios. En todas las religiones. El templo y la Ley eran sagrados. Lo sagrado le pertenece a Dios y el resto del mundo era profano, porque no tenía a Dios. Había que salir del mundo para entrar al santuario, había que salir del mundo para entrar al templo y a las cosas de Dios, ofrecer sacrificios y así quedarse esperando a ver si Dios lo bendecía y lo favorecía. Ahora Jesús cambia esto, y dice: “Hay un nuevo modo en el que Dios estará presente en la humanidad”. Ahora Dios es Cristo resucitado. Su presencia es por el Espíritu y su Espíritu vive en el corazón de los bautizados. Dios ya no vive en un templo, ya no necesita nuestros sacrificios, ahora Dios ya no nos obliga a cumplir leyes. Cristo nunca dijo “construyan nuevos templos”, dijo que iba a ser destruido. Jesucristo no dio nuevos mandamientos, sino que nos regaló las Bienaventuranzas. Jesucristo no nos mandó a peregrinar a ningún lado. Dijo: “Busquen en el corazón y me encontrarán”.

Miren si la religión cambió, miren si la imagen de Dios verdaderamente cambió. Ya no somos siervos que ofrecen sacrificios al amo, somos hijos que debemos amar como el Padre nos enseñó. Ahora Dios entra al corazón, ya no hay Tablas de piedra, hay un corazón de carne que debe latir al ritmo del corazón de Dios. Y eso se llama cordialidad. Por eso hay un nuevo santuario. Santuario significa “morada de Dios”. ¿Y cuál es? El corazón de todo ser humano. Ahí vive Dios. Ahora Dios ha sacralizado al hombre. Lo sagrado es el hombre y lo demás queda desacralizado. Por lo tanto, si queremos encontrarnos con Dios hay que amar al hermano, si queremos encontrarnos con Dios, hay que promocionar a todo aquel que en esta vida no ha sido agraciado. Ese es ahora el camino para encontrar a Dios. Dice la segunda lectura –en una visión de lo que es el cielo- ya no había templo, porque ya no se necesita; ya no había Ley porque la luz de Dios es el cordero. En definitiva, esa es nuestra fe ahora: buscar y amar a Dios en el corazón del que tengo al lado, de mi familia, de mi comunidad, del mundo entero. Lo que es sagrado es el hombre y lo que es humano es el camino hacia lo divino.  Jesús vuelve a recordarnos que ahí se queda Dios. Donde todos nosotros hacemos más humano este mundo, está trabajando Dios. ¿Cuál es la verdadera religión?  La que promociona, la que sostiene, la que ayuda al ser humano a ser más humano. Ahí obra Dios. Ahí, en medio de la tierra, se hace presente un poco de cielo. Jesús hoy también recuerda que la tarea no está tanto en buscar ni en desvivirse buscando a Dios, sino en dejarse encontrar por Él, que ya por el Espíritu Santo vive en el corazón de cada uno de los bautizados.

Yo pregunto: ¿Qué es un santo? ¿El que ha ofrecido muchos sacrificios, el que se ha cansado de buscar a Dios, o el que se ha dejado encontrar por Dios? Hoy celebramos a Santa Rita, una mujer que se dejó encontrar por Dios, porque sus méritos no fueron los que la coronaron de gloria, porque sus sacrificios se los presentó la vida y no se los presentó Dios, pero Ella supo encontrar en la Gracia de Dios el camino para hacer su vida, y su vida familiar, más humana. En eso encontró la corona de gloria. Los santos son aquellos que han hecho con su vida lo que Cristo nos ha enseñado. Una vida absolutamente humana elige la paz en lugar de la violencia, elige indudablemente hacer de este mundo algo que valga la pena vivir. Podríamos preguntarnos: ¿Quién cree verdaderamente en el Dios de los cristianos y que existe un cielo? Porque el que no trabaja en este mundo para combatir la violencia, el odio, la enemistad y el egoísmo, difícilmente crea que existe un cielo. El hombre existe en esta tierra para que, con el amor de Dios en su corazón, transforme lo que no es de Dios y lo vuelva sagrado.  Ese es el verdadero camino que nos lleva a Dios. Por eso el que en esta tierra no trabaja para convertir la violencia, no cree que haya un cielo en paz; el que en esta vida no trabaja   para que el mundo sea más solidario, se queda en un mundo egoísta. Jesús vuelve a recordar: “El que transforma este mundo, verdaderamente cree que hay un cielo”.  Y en   esto no quiere que seamos perfectos, sino que hagamos el bien posible en el momento oportuno.

Recordemos la única ley que Jesús nos dejó: Amar como Él nos amó.  ¿Y qué hace el amor cristiano? Salva de las adicciones, porque el amor cristiano dice “es bueno que exista el mundo y que tú existas”, pero no para mí, como lo dice el egoísmo. El amor cristiano es morir al egoísmo para resucitar a una vida de solidaridad y de generosidad. Pero no sólo salva de las adicciones, que nos pone a nosotros en el centro, sino que el amor cristiano ensancha el corazón. Es bueno que existas y que existas para siempre, no para un momento, no para usarte, sino que existas porque Dios te ama en tu existencia. Eso hace el amor cristiano. Mira al mundo y mira a los otros en el mundo, agradeciendo su existencia y, sobre todo, que esa existencia pueda ser para siempre. Jesús vuelve a decirnos: lo único que salva y lo único que sana a este mundo, es el amor de Dios.
En Santa Rita vemos a una mujer que justamente creyó esto: que era mejor apostar por la paz que apostar por la violencia; que era mejor apostar por la unidad que apostar por la discordia; que era mejor apostar por Dios que por las leyes de los hombres, que nunca podrían traerle la paz. Jesús les deja a sus discípulos la paz, que no es otra cosa más que estar viviendo en el corazón del que lo quiere encontrar.

La paz es un término arameo, Shalom, que todo judío dice al llegar y al salir (cuando saluda al llegar y cuando se va). La paz no es ausencia de guerra, no es solamente no elegir la violencia. La paz en la Biblia es que todo aquello que ha sido dividido por el pecado, encontrará nuevamente su unión. Todo aquello que el pecado rompió, encontrará su reconciliación. Eso es la paz. Por eso si algo desea nuestro corazón es que todo lo que en nosotros está dividido (pensamientos, sentimientos), vuelva a unirse; que   en la familia, todo aquello que está dividido vuelva a unirse; que, en el mundo, lo que nos hace levantar muros y encerrarnos con llave, se abra, para que todos podamos vivir en la libertad de los hijos de Dios. Esa es la paz y para eso vino Cristo. ¿Cómo lo curó? Con su cruz. Por eso un madero mira al cielo, el otro a los hermanos, y, en el medio, el corazón de Cristo, que une todo lo que está dividido. Ese es el camino que Jesús les ha dejado a sus discípulos, y también a nosotros. Pidámosle, en esta mañana, a Santa Rita, que nos ayude a entender que no se trata del templo, que no se trata de los sacrificios ni de la Ley, que no se trata de buscar a Dios, más bien se trata de dejarse encontrar por Él, que ya vive en nuestro corazón.