DOMINGO 21 DE NOVIEMBRE

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Padre Mariano Cinquemani

 

Lecturas: Dn 7,13-14; Sal 92, 1-2. 5; Apoc 1, 5-8; Jn 18, 33-37.

 

Si hemos estado atentos, todos los textos de la Liturgia de este domingo hablan del Rey o del Reinado. El Profeta Daniel anuncia ese Mesías que tendrá las características de un Rey, vendrá a reinar con justicia, sobre todo, y con la paz. El libro del Apocalipsis nos habla de ese famoso Juicio Final en el que Jesucristo será puesto, definitivamente, como Rey de todo aquello que ha sido creado. Y en el Evangelio escuchamos este diálogo histórico entre Jesús y Pilatos, donde Jesús, por única vez, se define a sí mismo como Rey. Sabemos que cuando uno repasa los Evangelios de la Pasión, dicen que Jesucristo termina crucificado porque se llamó a sí mismo Rey de los Judíos. Durante toda su vida, Jesús evitó este título, sobre todo para que no hubiera confusión en su misión. Multiplicó el pan y lo quisieron hacer Rey. Jesús se apartó y se fue a orar. Después de cada milagro lo querían hacer Rey. Jesús se apartaba a la soledad y se iba a orar. Nunca permitió ni que lo hicieran ni que lo llamaran Rey. Porque muchas veces es la expectativa del corazón humano. ¿Quién no quiere un rey que le solucione las cosas sociales, las cosas políticas, que nos salve, que haga la vida más fácil? Pero Jesucristo no vino a hacernos la vida más fácil, no vino a solucionarnos los problemas, vino a llevarnos nuevamente a la Casa de Dios. Y ahí coexiste todo: la prosperidad y la adversidad; la salud y la enfermedad. El corazón debe estar dispuesto a escuchar siempre la Palabra de Dios y a convertirse. Por eso Jesús, sólo en este texto, cuando Pilatos le pregunta si verdaderamente es Rey, dirá: “Sí, soy Rey”. ¿Y de qué clase de Reino se trata el que Jesús nos trae? Sobre todo, lo que Jesús pidió: la justicia, la paz, la solidaridad, la humildad hasta el sacrificio y la humillación. Ese es el Reino de Dios. Ni un reino tan volado y espiritual que nada tiene que ver con la vida, ni un reino que tiene que solucionar todo lo de esta tierra, olvidándose del Reino de Dios. Ese es el justo equilibrio que Jesús nos pide a nosotros, ese es su Reino, y el Reino de todos los que vamos a estar un día con Él.

Por eso se presenta este hermoso diálogo, hermoso más allá de los textos. Sabemos que Jesucristo ya está destinado a la muerte, por eso no va a tener miedo de que en este momento lo llamen Rey. Al día siguiente de este diálogo, su corona será de espinas, su manto será su sangre y su cetro será la humillación. Ya nadie va a dudar de cómo reina Jesús entre nosotros. El trono será la cruz. Ese es verdaderamente el Rey. El Rey de la justicia, el Rey de la paz, que agota todo, que dio la vida por nosotros. Ese es Jesucristo. Por eso en este diálogo deja que lo llamen Rey. Pero más allá de ser un relato histórico entre Pilatos y Jesús, que seguramente aconteció, sobre todo es un acontecimiento teológico. Pilatos representa la mediocridad de este mundo, escondida detrás del poder terrenal. Pilatos cree tener el poder, el poder que dan los hombres, mientras que Jesucristo tiene el poder de Dios, escondido en la humildad terrenal. Ese sí es el poder, el poder de Dios. Es un diálogo entre la mediocridad y la verdad. La mediocridad encarnada por Pilatos y la verdad encarnada por Jesús. Pero Pilatos representa la mediocridad de todos los tiempos y de toda la historia. Dice el texto que Pilatos termina diciendo “no encuentro nada”, pero se lava las manos y Jesús termina crucificado.

Jesús dice: “He venido para que los ciegos vean”, y vieron; “para que los paralíticos caminen”, y caminaron; “para que el hombre tenga vida” y resucitó a los muertos. Está la mediocridad del poder humano, que termina lavándose las manos y condenando al justo. Mientras, Jesús no dijo nada que después no fuera a cumplir. Ahí está la verdad iluminando a la mediocridad del corazón humano. Todo este diálogo está construido sobre esta pregunta: “¿Y qué es lo que has hecho?”  Nada, Pilatos, Jesús no hizo nada malo.

Lamentablemente, en nuestra vida, a veces, hay algo peor que no hacer mal, que nos digan que el bien que estamos haciendo es inconsistente, que el bien que nosotros creemos hacer es insuficiente, o, peor todavía, que tenemos que cambiar el rumbo para hacer el bien que Jesús hace, porque muchas veces hacemos nuestro bien personal, pero no hacemos el bien de Dios.  Hay personas que preferirían que le hagan mal a que le digan que el bien que están haciendo no es tan bueno, que el bien que están haciendo esconde intenciones no tan claras, no tan puras, no tan buenas. Por eso Jesús terminó en la cruz, no porque haya hecho nada malo, sino porque nos dijo que el bien que nosotros hacemos, muchas veces no es del Evangelio, esconde intenciones malvadas, le falta la caridad que Dios pide. Podemos, entonces, entrar en diálogo con la verdad, y decirle a Jesús: “Pero si yo amo mi profesión, amo a mi familia, amo mi proyecto”. “Bien –dice Jesús- ese es tu bien personal, pero ¿también amas cuando te persiguen, cuando tienes que defender una situación injusta?” Porque las Bienaventuranzas han sido proclamadas para el amor cristiano. Entonces pensamos: “Ah, no, Señor, ya si tengo que amar en el sacrificio, en la renuncia, si tengo que dejar el bienestar y el confort, es más complejo”. “Bueno –dice Jesús- pensemos en el amor, pensemos en el prójimo”. “Ah –respondemos- también yo amo al prójimo, amo mi familia, amo a los que elijo amar”.  “Ah, bueno –dice Jesús- pero el prójimo es todo, todo el que piensa diferente, todo el que no cree y piensa, inclusive, lo contrario”. “Ah, no, Señor, amar con el sacrificio, amar no sólo a los que elijo sino a todos…” “Bueno –dice Jesús- dejemos el prójimo, pensemos en el amor a Dios”. “Ah, Señor, pero si yo voy a misa, rezo el Rosario, hago promesas, tengo estampitas…” “No –dice Jesús- ¿a Dios que está en el prójimo, el huérfano, el marginado y el analfabeto?” “Ah, no, Señor, ya me complica la vida. “Y entonces –dice Jesús- ¿qué amas, a quién amas, amas verdaderamente a Dios?” Ahí está el motivo por el que Jesús termina en la cruz, no porque haya hecho nada malo, sino porque nos dice que amamos como queremos, pero no como Dios nos pide. Amamos a los que queremos, pero no a los que Dios nos manda amar, y amamos al Dios que se queda en el cielo, pero no al que está sufriendo en este mundo y al que tenemos que rescatar. Jesús no hizo nada malo, simplemente nos dijo que muchas veces escondemos nuestras intenciones, y decimos amar cuando estamos cómodos y hacemos nuestro bien personal.

Jesús nos invita a ser miembros de su Reino. Su Reino es aquel que une siempre la oración a la política, el Rosario al compromiso social, la mística con el trabajo y la familia. Ese es el que hace crecer el Reino de Dios. Hagamos como Él nos enseñó. Más de una vez seremos perseguidos por decirnos cristianos. ¡Bienaventurados! No callemos en público que somos cristianos. Más de una vez vamos a ser señalados y excluidos del grupo. ¡Bienaventurados, mientras no renunciemos y sigamos diciendo que Cristo es el Rey! Pero cuántas veces callamos, enmudecemos, nos da vergüenza decir quiénes somos y cuál es la propuesta que Cristo nos hace. Siempre es más cómodo amar a pocos que amar a todos, y, sobre todo, a los que elegimos y no a los que Dios nos pone en el camino. Siempre es más fácil refugiarse en el templo que tener que amar en la calle. Jesús nos dice: “Ese es el testigo fiel, por eso he dado la vida”. Y por eso llegó a la cruz, por decirnos muchas veces que nuestro bien es insuficiente, o planeamos tanto nuestro bien que sólo hacemos un poco de bien, cuando Dios nos ensancha el corazón.

¿Qué apasionó a Cristo como Rey? La justicia, la paz, la solidaridad, el olvido de sí, la generosidad. Ahí está el Reino de Dios y quiere reinar en nuestro corazón. El mensaje es el de Cristo y no hay que desperdiciarlo porque en esto se va la verdadera felicidad. ¿Cuándo muere uno? Cuando se da cuenta que ya no tiene más tiempo de amar. El Evangelio recuerda que Pilatos no es que vio en Jesús a un enemigo, sino que no supo ser amigo de Jesús. Que no nos pase también a nosotros. Muchas veces la Palabra de Dios se convierte en enemiga de nuestros pensamientos y sentimientos. Hay que hacerla viva porque nos sana y nos salva. ¿Cómo hacemos para reinar con Cristo? Viviendo de su Palabra. “Mis palabras no pasarán jamás”. No hay que poner “peros” a la Palabra de Dios. Hay que dejar que toque los pensamientos y los sentimientos. Dejemos reinar a Cristo en nuestro corazón. Jesús nos recuerda: “Es el servicio y el amor lo que sana y lo que salva a la humanidad”. Donde se sirve y se ama como Cristo nos enseñó, reina realmente Dios.