El pasado sábado 27 de febrero fue un día grande para la Iglesia de Mendoza. Queda en la memoria y en el corazón, tanto de los que pudieron estar presente como de aquellos que la siguieron por las redes sociales, la alegría de acompañar a siete hermanos nuestros que se animaron a dar un paso más en su consagración a Dios: cinco de ellos fueron ordenados diáconos (Nicolás, Matías, Santiago, Franco y Román) y Pablo y Abel fueron ordenados presbíteros. La celebración de dos horas se llevó a cabo en el santuario de El Challao respetando las normas que este tiempo de pandemia nos obliga a seguir.

La emoción traspasa un tapabocas y es en la mirada donde uno se encuentra y dice todo lo que el alma anhela. La distancia no nos prohíbe que los corazones de este pueblo peregrino se abracen fuerte después de un año donde los encuentros y la vida comunitaria se daban a través de una pantalla.

Con la emoción del reencuentro y los signos de gran significado de esta celebración, los ahora diáconos y sacerdotes fueron presentados al obispo para ser aceptados por él y por la Iglesia entera como trabajadores del Reino. Luego compartimos la liturgia de la Palabra. El evangelio elegido fue la parábola del Buen Pastor que luego enmarcó la homilía de nuestro padre obispo Marcelo Colombo.

Monseñor compartió la alegría de esta celebración y agradeció a las familias, formadores y comunidades que han acompañado a los jóvenes que se ordenaron. Haciendo referencia a las lecturas elegidas por los chicos, el obispo los invitaba a dar repuesta urgente de manera comprometida y fiel y así vivir enteramente el proyecto de Dios en sus vidas entregadas al servicio de su pueblo. También los motivaba a poner el bien de las comunidades que la Iglesia ponga a su cuidado sobre cualquier consideración o ventaja personal. Les pidió atención, presencia, valentía y claridad en el hablar y en el obrar para así ser responsables y evitar que los fieles sientan abandono o confusión y también, que quienes se acerquen en busca de consuelo encuentren en ellos una respuesta conforme al corazón de Cristo. Les pidió que se conecten con la realidad del pueblo, que no se pierdan en búsquedas autorreferenciales donde se apacienten ellos mismos, mientras las fragilidades de la gente quedan al margen de sus opciones de pastores. El padre obispo también se refirió a la paternidad espiritual poniendo la mirada en San José, nombrando un fragmento de la encíclica del Papa Francisco Patris Corde, invitaba a reflexionar cómo el padre adoptivo de Jesús hizo de su vida un servicio, un don de sí mismo recibiendo al Mesías en su casa. Les recordó que su paternidad espiritual está llamada a donarse sin reserva a quien lo necesita. Les pidió corresponsabilidad de la Iglesia diocesana, dedicación al servicio parroquial y la participación en la pastoral arquidiocesana según su carisma y la necesidad de la diócesis. Sentir con la Iglesia implica vivir con amor corresponsable la solicitud de toda la iglesia mendocina y universal. Finalizando la homilía les recordó que sacerdote no se nace, sino que se va siendo pastor en las manos de un Dios artesano junto al afecto del pueblo que los recibe.

Luego de la homilía varios signos propios de las ordenaciones diaconales y sacerdotales se llevaron a cabo dejando una sensación de sencilla fraternidad y cercanía al corazón de los nuevos ordenados.

Al finalizar, los siete jóvenes ofrecieron un canto de consagración a la Virgen María dejando en sus manos sus vidas y sus ministerios.

Desde nuestra comunidad acompañamos a estos hermanos nuestros con la oración perseverante y confiada para que sea Dios quien movilice sus corazones cada día, ofrezcan sus vidas y sean fieles siervos por amor.