El año litúrgico con sus distintas celebraciones es la vivencia de la vida de Jesús. El comienzo de esa vivencia es precisamente el adviento, el tiempo que prepara para la Navidad, el acontecimiento que  recrea el nacimiento del Salvador, tiempo de  esperanza, tiempo que recuerda su primera venida, en la que creemos, y prepara la segunda, la que esperamos y que debe encontrarnos atentos, vigilantes, preparados para recibirlo en toda su gloria, cuando vuelva para instalar definitivamente su reinado entre todos los hombres.

Adviento, con el nacimiento del Redentor en la mayor humildad, en la pobreza absoluta, es tiempo para reflexionar, volvernos a nuestro interior y cambiar, cambiar para cumplir con nuestro destino de seres limitados pero perfectibles según el modelo de humildad, servicio y amor que Jesucristo nos reveló.

Jesús se hizo semejante en todo al hombre, menos en el pecado. Por eso su llegada fue en la figura de un niño, un niño que con una madre plena de gracia y un padre todopoderoso, no tenía dónde nacer y lo hizo en un pobrísimo establo, entre pastores y animales. De allí que hacerse niño  con relación a Dios es la condición para entrar al Reino (Mt 23,12). Navidad es el misterio de un admirable  intercambio. Dios Niño nos acerca a Él, toma forma en nosotros para hacernos partícipes de su divinidad. La gloria de Nochebuena es cantada sin cesar:

La Virgen da hoy a luz al Eterno

Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.

Los ángeles y los pastores le alaban

Y los magos avanzan con la estrella.

Porque Tú has nacido para nosotros,

Niño pequeño, ¡Dios eterno!

(Kontakion, de Romanos el Melódico)

Catecismo de la Iglesia Católica, pág- 178

 “Con Jesús que nace, custodiamos la vida”, la que nos ha sido otorgada por el amor inconmensurable de un Dios misericordioso. La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento glorioso, inmenso, preparado y anunciado por los profetas desde siglos. Con su llegada, nos invita a seguirlo, a imitarlo, a anonadarnos como Él lo hizo, para participar de su gloria junto al Padre. Con esa esperanza debe vivir el cristiano, esa esperanza debe hacerlo un ser alegre que cree  plenamente en la promesa de Dios, hecha a través de su Hijo; un ser  que espera  confiado el día del encuentro final con el Padre Celestial.

Participemos en cada acto litúrgico de este adviento con el propósito de  convertirnos, de hacer de nuestras vidas un camino hacia la santidad a la que hemos sido llamados, santidad que debe alcanzarse por los actos cotidianos, por aceptar el camino diario que nos toque recorrer, teniendo como modelo al Hijo de Dios hecho hombre, sin olvidar las palabras de la oración que Cristo mismo nos enseñó: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…” Digamos con la Santísima Virgen:

 

Mi alma  glorifica al Señor, mi Dios,

Gózase mi espíritu en mi Salvador,

Él es mi alegría, mi plenitud,

Él es todo para mí.