La confirmación es un sacramento que nos da al Espíritu Santo con sus siete dones (sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios), y nos fortalece en la fe que recibimos en el Bautismo.

La Confirmación nos comunica la gracia especial de confesar intrépidamente nuestra fe, y hacer profesión de vida cristiana ante cualquier clase de enemigos, sean espirituales o temporales.

A los bautizados “el sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras” (LG11; Cf.OCf, Praenotanda2). Ella imprime en el alma una  marca espiritual indeleble, el carácter (Cf.DS 1609), que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (Cf. Lc 24, 48-49).

El “carácter” perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y “el confirmado recibe el poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (cuasi ex officio)” (Santo Tomás de A., s. th. 3, 72, 5, ad 2).

El ministro  de la Confirmación es el obispo (LG 26).

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